
He llorado confieso. Avergonzado, pues he llorado de todo y he llorado por todo, he llorado desde niño y aún hoy a mis veinticuatro años, lloro como un niño. He llorado de tristeza, de incomprensión, de impotencia, de odio, de dolor, de felicidad, de soledad, he llorado por mujeres que se han ido, o mejor dicho me han dejado, por mascotas que también se han ido, por mi gente que ha partido, por la distancia que me ha alejado de mis seres queridos, por amigos que se convirtieron en recuerdos y por recuerdos que se convirtieron en martirios, he llorado de frio y he llorado de calor, en el corazón por supuesto, he llorado incluso de amor. He llorado con y sin luna llena, en tardes de lluvia y noches de insomnio, he llorado en la regadera y la azotea, muchas veces en mi cama, muchas otras no sé donde, he llorado por berrinches, corajes con la vida y conmigo, por cosas mías, muy mías. Me avergüenzo porque he llorado, y los hombres no lloran, los hombres se aguantan como los hombres. Pero confieso que llorar a aliviado mi alma, a limpiado mis heridas, me ha hecho más fuerte, me hecho más sabio, me ha hecho en todo caso, mas hombre.

